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"Cuentos de la luna pálida de agosto" (Kenji Mizoguchi, 1953) PDF Imprimir E-mail
Noticias
Escrito por Zangol   

Es cierto que no es muy de actualidad, pero esta película de Kenji Mizoguchi tenía que entrar a formar parte tarde o temprano de nuestro archivo de reseñas. Más vale tarde que nunca.

 

*****
Título original: Ugetsu monogatari
Nacionalidad: Japón
Productor: Daiei
Guión: Matsutarô Kawaguchi , Yoshikata Yoda
Fotografía: Kazuo Miyagawa
Música: Fumio Hayasaku , Ichirô Saitô , Takemichi Mochizuki
Duración: 97 min.
Reparto: Machiko Kyo , Masayuki Mori , Kinuyo Tanaka , Sakae Ozawa , Mitsuko Mito , Kikue Mori , Ryôsuke Kagawa , Kichijirô Ueda , Sugisaku Aoyamati , Syozô Nanbu , Mitsusaburô Ramon , Ichisaburô Sawamura.


Recomendar una película japonesa a mucha gente de estas latitudes es algo así como montar un castillo de naipes en medio de un tornado y eso que el cine de Akira Kurosawa primero (“Ran”, “Dersu uzala”, “Rashomon” o “Los siete samuráis”), después el de Takeshi Kitano y más recientemente los éxitos de Hayao Miyazaki en la animación (“El viaje de Chihiro”, “La princesa Mononoke” o “Ponyo en el acantilado”) han hecho que al menos se sepa que por allí también hacen películas.
















La cosa se pone mucho más complicada si retrocedemos en el tiempo y rescatamos a los que se consideran grandes clásicos del cine japonés como Ozu o Mizoguchi, que hacen un cine con un sentido de lo trágico, lo épico y lo lírico que entronca mucho más con las leyendas de su mitología medieval que con los tiempos actuales. Si encima hablamos de películas en blanco y negro, muchas veces con un ritmo moroso y una emotividad en las antípodas de la que gastamos y aseguro que es preferible verla en versión original subtitulada ¿para qué queremos más?

Los japoneses, como la mayoría de orientales, tienen una sensibilidad artística muy diferente a la nuestra, que además estamos acostumbrados a un ritmo y una cultura audiovisual radicalmente distinta ya desde pequeñitos. Querer ver y disfrutar una película japonesa equivale pues a tener una inquietud especial y a no tener prejuicios con los terrenos inexplorados. Y por su puesto generalizar es injusto porque existen casos peculiares como el de “Departures” que ganó el óscar a mejor película extranjera hace poco y es un drama como muy mascadito y desmenuzado para que su digestión sea facilona hasta para nosotros.

El caso es que la película que he visto y de la que quiero hablar se encuentra en casi todas las listas con pedigrí de las grandes películas de la historia del cine. “Ugetsu monogatari” o lo que es lo mismo, “Cuentos de la luna pálida de agosto”, que filmó Keni Mizoguchi en 1953 no sólo ha ido resistiendo el paso de las generaciones sin perder la fuerza hipnótica que poseen sus imágenes sino que sigue siendo uno de esos manjares que de vez en cuando nos regala el cine.















Dicho lo dicho a nadie le sorprenderá que recomiende que se elija un buen momento para verla en el que no haya prisas ni las tentaciones de cambiar de canal porque seguramente cueste engancharse, pero si se tiene interés lo que propone Mizoguchi con sus imágenes es un auténtico viaje en el tiempo a un lugar y una época que nada tiene que ver con el mundo en el que nos movemos. Hay en esta película (como en muchas otras japonesas porque en esto los japoneses son auténticos maestros) un halo de magia, una atmósfera onírica, que nos transporta literalmente a una realidad diferente.

El argumento trata sobre dos familias de campesinos en la provincia de Orni junto al lago Biwa que en plena guerra civil y rodeados por las tropas del general Shibata, han de elegir su futuro. En una sociedad patriarcal como la japonesa ese destino lo deciden los cabezas de familia, Genjuro y Tobai, que aspiran cada uno a convertirse en personas importantes, uno vendiendo sus cuencos en la ciudad de Nogahama y el otro convirtiéndose en guerrero samurai. Lo que ignoran es que la elección de cada uno de ellos queda lastrada por el peso del egoísmo y la ambición, que a la postre les perjudicará y los convertirá en víctimas de un duro aprendizaje.

La historia que nos narra Mizoguchi está basada en una leyenda del siglo XVI, una historia con moraleja a medio camino entre lo fantástico y lo real que pone en tela de juicio el afán por obtener riqueza, fama y poder olvidando lo fundamental, la familia y la autorrealización personal a través del trabajo.

Se trata de un drama humanista marcado por esa sensibilidad tan característica japonesa que tanto realza lo dramático para enseñar y adoctrinarnos observando las consecuencias de nuestros errores en cabeza ajena.














Aunque son escasos los personajes es difícil conectar emotivamente con ellos, primero porque Mizogochi evita los primeros planos y trabaja con planos generales en los que se mueven varios personajes (cosa a la que no estamos acostumbrados hoy en día que dominan los primeros planos y el protagonista enseguida conecta con nosotros) y segundo porque los dramas japoneses suelen ser muy exagerados y eso en cierto modo nos distancia. Estos aspectos son por los que apuntaba que la sensibilidad artística es muy diferente a la nuestra, no obstante hay que entender la película como un drama aleccionador diferente, basado en un continuo juego de idas y venidas entre lo real y lo fantástico, lo brumoso y lo sobrenatural.

Quizás lo más difícil en una película como ésta sea apreciar el porqué de su relevancia ya que el argumento tiene su miga pero es más bien simple y no es lo único importante, ni siquiera la moraleja lo es porque en cambio la forma en que está construida, la atmósfera que consigue, la puesta en escena elaboradísima sí son piezas claves de una obra absolutamente personal y distinta a cualquier otra, que es algo que conforme pasa el tiempo adquiere más valor artístico.

La moraleja: Quizás para ser felices debamos aprender primero a conformarnos con lo que tenemos.